Quiro arquitectura del pan

 Por. Fénix Figueroa V.



"En ese momento comprendió perfectamente lo que debe sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo". Con esta frase Laura Esquivel refleja el amor que brotaba de Tita, un amor lleno de pasión inspirado por los ojos de Pedro.

Mientras amaso por tercer año consecutivo la tradicional rosca de reyes, pienso en estás líneas de la historia y trato de imaginar que sienten los ingredientes que revuelven mis manos. Aunque la receta dice "amasar por 20 minutos", yo puedo pasar hasta seis horas batiendo la masa para que esta tome la consistencia adecuada. Dice mi mamá que tengo la mano caliente y que el calor hace que se aguade.

Masita linda ¿Por qué tardas tanto en endurecer? 

Qué bonito se siente esa transición de la harina a una especie de batido espeso y luego a una masa firme. Desde que íntegras el primer huevo se forma un plasma sobre tus dedos, tu palma y dorso, que se aferra como una segunda piel. Luego viene la mantequilla, que da una firmeza suave a la mezcla.

Los aromas de la vainilla y la naranja me recuerdan mis clases de herbolaria, en las que también aprendemos a dar masajes. Si lo pienso bien, amasar es igual que masajear, tal vez por ello la masa tarda tanto, porque quiere disfrutar su visita anual al quiropráctico de la cocina.

Pero por otro lado, me imagino que también es como preparar la mezcla para un colado. Si lo pensamos, hornear es una forma de construir. También se empieza con elementos diversos, secos y húmedos, que se van integrando con ritmo y orden. Se revuelve hasta conseguir una textura adecuada y luego se da forma a algo completamente distinto.

Amasar también es muy cansado, no tanto como palear, pero el cansancio es solo superficial. Los brazos y la espalda se recuperan al descansar, pero en el corazón deja sensaciones distintas. Siempre he creído que al hornear la vida es un poco más bonita, porque podemos dejar las penas entre el huevo y la leche, transmutarlas en uno de los lenguajes del amor más bellos del mundo.

Al hacer pan, una parte de nosotros se queda revuelta en la harina. Es ese calor que acaricia la masa en una forma de seducción, hasta cambiarla totalmente, cambiarle los colores, aromas y sabores. Y ese pedacito de nuestro ser entra en quienes lo comen, pasa por la boca y se desprende antes de llegar al estómago para alojarse en el corazón.

El tiempo, la fatiga, la espera, todo vale la pena cuando se corta la primer hogaza y llega a los labios del más pequeño del hogar, quien ha estado esperando desde que comenzaste para ser el primero en probarla. A eso puede resumirse el amor.

Me preguntó si Dios habrá sentido la misma satisfacción al amasar al hombre de barro, si en la desesperación de verlo tan aguado habrá decidido añadir más tierra o simplemente habrá elegido ser paciente y masajearlo hasta que su piel solidificara.


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