Habitar el cuerpo
Por. Fénix Figueroa
El body horror es un subgénero del terror nacido en la década de los ochentas y que desde entonces ha ido creciendo en popularidad, de hecho, en estos últimos años las productoras han apostado mucho más por las cintas con dicha temática. Es especialmente en el público femenino en el que genera más conmoción, si así podemos llamarle.
Justamente hoy me aventuré a ver "Insaciable", un metraje que retoma la idea de los medicamentos milagro para bajar de peso, sin embargo, con un tono paranormal. Con cero afán de hacer spoiler (aunque eso se ve en el tráiler de la peli), la protagonista —obsesionada con su peso— decide ingerir cenizas de muerto como "tratamiento" autoinducido para adelgazar. En el proceso comienza a tener "alucinaciones" e inicia todo un proceso físico y mental.
La cinta me pareció muy interesante porque me recuerda el poder de la mente, en especial cuando hay una distorsión del pensamiento. Una de esas distorsiones puede ser sin duda un trastorno alimenticio, el cuál hace que la auto percepción del cuerpo difiera de la realidad. Pero, sobre todo, me llevó a pensar en mi relación personal con mi corporalidad.
A diferencia de la mayoría de chicas, yo siempre me he visto muy delgada, medio insípida diría a veces, pero por influencia familiar (el clásico comentario de "ya tienes pancita, estás engordando") nunca me permitía subir de peso. Mi relación con la báscula era muy enferma, no subir más de 51 kg, no bajar de 50. Lo de menos es el número, la realidad es que ambas cifras pueden verse de formas muy distintas, porque la talla es algo diferente. Esto ocurría desde la preparatoria hasta hace unos meses.
Siempre he tenido problemas para reconocer mi cuerpo como mío. Me gusta imaginar que soy yo ocupando una botarga como habitación, de la cual asomo a la vida desde las ventanas que son mis ojos. Y es que no hay manera de tener la certeza de que la figura en el espejo sea como nos vemos realmente, incluso los demás pueden vernos de una manera muy distinta a como lo hacemos nosotros.
Cuando me llegó la adolescencia vi cambiar mis proporciones: una cadera más ancha (que odiaba), piernas más robustas, la cara que dejó de ser de niña y hasta el pecho, que no creció tanto pero algo hubo. Odié el cambio. Hace un año el comentario de "cuerpo de señora" me sacudió porque había dejado de mirarme y no pude notar el salto paulatino, fue de golpe.
Pero entonces ese comentario vino acompañado de otro: si no te gusta haz algo para cambiarlo.
Decidí cambiar mi relación con todo, no sólo la báscula, también la talla, la forma y hasta la comida, porque entendí que un cuerpo sano se ve de diferentes formas. Satanizar un alimento (como en su momento lo hice con los carbohidratos) no sirve de nada. Trabajar de cerca con nutriólogos me enseñó que toda la comida engorda si se consume en proporciones inadecuadas, que se debe comer de todo y bien.
Pero algo muy importante, que también se puede ver en "Insaciable", es que a veces la ingesta se produce no por un hambre física sino emocional. Eso también me recordó a la película " Hunger", en la que precisamente plantean el concepto del hambre como algo que va más allá de satisfacer una necesidad. El hambre como un deseo de poseer algo que no se tiene (como la escena final de la cinta mencionada inicialmente), más como un capricho incontrolable.
En ese sentido, puedo decir que yo era de las personas que se enojan cuando tienen hambre, me volvía intolerante e intolerable. Hasta que un buen día decidí hacer ayuno. Fui entrenando poco a poco durante casi un año, entonces aprendí a controlar mi mente, conocí la sensación de saciedad de otro modo, a calmar mis impulsos. Porque bien dicen que existe un canal estómago-cerebro y cuando tienes la tripa en armonía puedes usarlo como antena (pero eso es tema para otra nota).
Afortunadamente nunca tuve ningún desorden alimenticio, nada de Ana y Mía, sólo de pronto cierto límite con algunos alimentos, lo cual no es del todo malo.
Poco a poco voy aprendiendo a habitar mi cuerpo, a aceptarlo, amarlo, honrarlo y respetarlo. Diariamente me miro al espejo para que esta vez los cambios no me tomen por sorpresa, pero también para acostumbrarme a esta nueva imagen de lo que soy ahora y con la que estoy en paz.
Ahora peso casi 57 kg, pero no me siento gorda, tampoco desnutrida (aunque no desaparece del todo la idea de ser muy delgada). Me siento más fuerte que antes, distinta, sí, pero en calma y sin esa hambre insaciable-culpable que me lleve a tragarme un muerto y luego matarme en el gym.
¡Ay Dios bendito!



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